MaMilManeras por BabyDove

Aunque los conceptos de “bien” y “mal” me parecen muy poco amigables, sobre todo a la hora de ponerle ese mote calificativo a cosas que hace Luisa, hay algunas cosas que incuestionablemente hace bien y otras que, bueno, por lo menos no las hace TAN bien.

Jugar y ser la cosa más divina del universo son dos cosas que hace re bien, por ejemplo. O comer. Luisa come muy bien, en todos los aspectos. Come muy sano porque nos preocupamos de ello, pero además come siempre con ganas, gusto y nunca hace un “problema” al respecto. Enchastre sí, pero ese es otro tema y definitivamente no responsabilidad suya.

Dormir es una de las que no tanto (más bien tirando a re mal) y otra es hablar.

Hablar, al menos en términos que podamos entender los que la rodeamos, no es muy lo suyo. Claramente no tiene ningún sentido comparar su desempeño con el de otros niños, pero también es un poco inevitable. Y, sin ningún tipo de intención de valorizar la diferencia que puede tener Luisa hablando con otros niños de su edad y entorno… la verdad es que hablar no es lo que mejor le sale.

Ella le pone toda la voluntad; se le nota. Y evidentemente tiene cosas para comunicar, porque te trae cosas, o señala, o mueve sus manos y hace gestos y hasta acentúa algunas de las “palabras” o “frases” que arma, como queriéndoles cargar alguna intención o emoción; pero, a no ser que hable un perfecto coreano y seamos nosotros los imberbes, no estaría diciendo nada.

Así y todo, de un tiempo a esta parte hay algunas palabras que sí ha aprendido a relacionar con objetos o acciones. Y en los últimos días se ha “soltado” a decir algunas palabras nuevas como “gorro” (no sé por qué, pero la ha espetado), Titán (es el nombre del gato de mi hermano, al que en realidad le dice “aitán”), “vamos” o “llegamos” (“amooo” / “eamooo”).

Obviamente, cada palabra nueva que dice es tema de conversación largo y tendido (“hoy dijo azul”; “¿Si? Yo escuché “su”, pero bueno… debe haber querido decir azul, sí”). Pero más allá de las palabras nuevas lo interesante es ver cómo evoluciona la forma en que las va diciendo; como que les va sacando la ficha y para perfeccionarlas, practicarlas, entenderlas (o todas las anteriores) las repite entre 340 y 728 veces al día, y las mejora. De a poquito, las va mejorando.

Pero “gracias”, no. Gracias fue de las primeras palabras que dijo y siempre fue, y sigue siendo: “aia”.

Te lo dice cuando recibe lo que sea: mema, frutillas, juguetes, crayolas, una hoja, agua, una campera; lo que sea: “aia”.

Te lo dice dormida, o durmiéndose, literalmente: hace poco tiró un “aia” cuando terminó la mema, en brazos y ya con los ojos cerrados, y otro enseguida cuando recibió el chupete; o a las 5 de la mañana igual, post mema, en uno de esos momentos memorables que te saca una sonrisa aunque te duela la cara de sueño.

Lo dice tanto que te lo dice hasta cuando te da cosas ella a vos; te trae un dibujo, te lo da y te dice, mirándote a los ojos y realmente sintiéndolo, “aia”. Enseguida te pide que se lo devuelvas. Y cuando se lo das, te lo agradece, claramente.

Es algo que nos gusta y emociona mucho de Luisa, porque la sensación de gratitud es una que nos llena un montón. Y aunque ella seguramente no relacione aún el sonido de la palabra, ese adorable “aia”, con el concepto de fondo de sentirse agradecida, nosotros sí podemos hacerlo, y sentirnos así es algo que hemos aprendido a disfrutar mucho.

Sentirlo, ni que hablar; pero también poder decirlo, expresarlo. A muchas personas, a algunas circunstancias, pero obvio, sobre todo a ella.

Ella es la que nos enseña, la que nos sorprende, la que nos enloquece de amor cada día más, la que nos llena, le da sentido a todo y nos mejora, cada día.

Así que, hija: a vos. “Aia” a vos.