MaMilManeras por BabyDove

Luisa está sentada en su sillita para comer: elevada, segura, blanca y con estampado de elefantitos de colores; está en pañales porque hace muchísimo calor, pero además porque siempre (siempre) termina todita untada de lo que sea que esté comiendo. Tiene un babero pero es absolutamente inútil a los efectos de que no se manche.

Tiene las manos cerradas en el aire, como los puños desafiantes de un piquetero solo que a ella se le escurre zapallo, palta, boniato o quizás pedazos de croqueta de mijo (o lo que sea que le hayamos preparado para comer) entre sus deditos.

Y chilla. No llora ni grita. Chilla.

Chilla como si estar sentada en su silla de comer fuera una tortura, y su queja un acto revolucionario digno de un manifestante que sale a tomar las calles.

Después de improvisar un rápido lavado de todo su ser, sobre todo para no tener que volverme a cambiar la ropa cuando tenga que volver a trabajar, la saco de la silla y la siento en el piso, sobre la alfombra.

Una vez ahí, ya con los humores calmados luego de que las negociaciones de paz avanzaran exitosamente, me vuelve a pedir comida; se la doy y se pone a comer, feliz y tranquila, incluso mucho más cantidad de lo que comió en la silla.

La silla parece Kosovo. Y la alfombra sobre la cual ahora come y bebe como un soldado romano, va rumbo al mismo destino.

Al principio pensaba que chillaba porque ya no tenía hambre y quería que la sacáramos de ahí; pero no hizo falta demasiado para darme cuenta que no era eso. Ella tenía hambre (todo el día tiene hambre), es solo que no quería comer en la sillita que algún adulto en alguna parte del mundo diseñó especialmente para ello.

La misma dinámica se repite cuando la subimos al auto y la vamos a poner en su sillita. Parece que se acerca el fin del mundo o que tuviera clavos y ella cero intenciones de ser un bebé faquir.

Ella es una anarco bebé. A ella le gusta ir parada, atrás mío, agarrada del respaldo de mi asiento y cantando y golpeando todo como si fuera un barrabrava parado arengando a cantar y alentar.

Por supuesto que no la dejamos ir parada y nos fumamos sus llantos hasta que se distrae con lo que sea (no nos crucifiquen, por favor).

Lo mismo pasa con su cuna, que la acostamos horizontal, paralela a las barandas, tapadita y rodeada de almohadas y peluchitos, y a los 20 minutos está de cabeza con las cobijas hechas un nudo y los peluches contra los rincones, con cara de asustados, como queriendo huir del remolino humano.

O con su bañito, cuando intenta pararse y “bajar” (tirarse, en términos adultos) o agarrar el chorro de agua o toma un baldecito que usamos para enjuagarle la cabeza y, lleno de agua, se lo lleva a la boca y te mira como diciendo “este es el vaso de agua más rico del mundo”.

Al principio era algo alarmante y la intención era “corregirla”.

Pero ya no; la intención ahora es dejarla ser.

Porque es alucinante verla ser y acompañarla en ese proceso de descubrir y descubrirse, de hacer por sus propios medios. Por supuesto que siempre estamos y estaremos a su lado para cuando ella esté por hacer algo que no entiende como peligroso, pero lo es. Pero de esa forma: acompañándola, porque ella nos demuestra todos los días que prefiere hacer las cosas como le va surgiendo.

Y en realidad es lógico. Al final de cuentas “educar” es parecido a “domesticar” y no es un concepto que me resulte demasiado atractivo. Es así que esos actos de anarco bebé, de beba punky destroy que tiene Luisa nos han puesto a reflexionar acerca de lo importante.

Acerca de que una alfombra, por más linda que sea, no es más que una alfombra y que su higiene no es, bajo ningún concepto, un argumento para reprimirla.

Una pena si queda sucia y un día hay que tirarla; no me importa que la alfombra viva para siempre.

Pero sí me importa que Luisa se pueda sentir libre de espíritu siempre, y sobre todo me importa ser un padre que prefiere su libertad y su espontaneidad, a una alfombra limpia.

Un anarco papá, ¿quizás?

A lo mejor.