MaMilManeras por BabyDove

Desde hace poco más de dos años me toca viajar por trabajo. No hay una frecuencia ni cantidad de días fijos; a veces es un poco más, a veces un poco menos, pero podría decir que en promedio me toca irme dos o tres días cada un mes y medio, por ahí.

La enorme mayoría de las veces es a Asunción, ya que la empresa para la cual trabajo tiene clientes allí. Obviamente, extraño a Luisa, a Nani y a Tila y no deja de ser algo que de alguna manera trastoca la dinámica cotidiana (por no decirle rutina), pero es algo que también disfruto. Ocurre que por suerte mi trabajo me gusta, que la gente con la que me toca hacerlo es excepcional en términos humanos y profesionales y que los desafíos que se plantean en cada viaje me ayudan a crecer y desarrollarme. Estas cosas son las que inclinan la balanza y hacen que quede equilibrada en esa tensa pero saludable (creo yo) relación entre el disfrute y el extrañe.

Claro que estos viajes tienen una incidencia en el día a día con Luisa, incluso desde antes de nacer: recuerdo que en el primer viaje que hice, como cuatro meses antes de que Luisa naciera, le compré su primer bucito de lana. No la había visto nunca, pero me imaginé que le iba a quedar pintado; y que fue al otro día de volver de otro de estos viajes, esta vez a Dinamarca, que Luisa nació.

Recuerdo aun hoy muy vívidamente el impacto que me causó la vuelta de un viaje de casi una semana, cuando Luisa estaba cumpliendo 7 meses; yo la había extrañado horrores, obviamente, y me moría de ganas de verla y apretujarla y comerla a besos. Pero cuando llegué a casa estaba durmiendo. Al ratito, cuando la escuchamos llorar / llamar, me acerqué yo y fue como que los ojitos se le abrieron el doble (seguramente como los míos), como que no entendía cómo expresar lo que sentía, aunque igual lo estaba logrando. La aupé y me miró fijo unos cuantos segundos, como estudiándome o evaluando si sería cierto que allí estaba, y luego se abalanzó a comerme la cara (es lo que hacía en esa época, abría la boca y te comía literalmente, la nariz, por ejemplo).

El lunes que viene me toca viajar de nuevo, esta vez a Puerto Iguazú, destino nuevo para mí. Serán 4 días, 3 noches. Obviamente voy a extrañar como siempre y como nunca, pero esta vez es diferente.

El martes que viene es la fiestita de fin de año del jardín de Luisa, y me la voy a perder.

Uno podría pensar y decir y hasta creerse que todos los días son importantes y cruciales y tienen el mismo valor o pueden ser tan trascendentales, que no tiene que pasar algo especial para que sean especiales.

Pero minga. Me voy a perder la fiestita de fin de año del primer año de jardín de Luisa. Va a tener un montón de fiestitas de fin de año más, pero ESTA, ya está, ya me la perdí aunque aún no haya ocurrido.

Lejos de hacer un drama al respecto y sin que eso signifique que no vaya a viajar, igual, contento, me puso a pensar.

Al respecto de la forma de vivir que aceptamos llevar; cuánto del ancla de los 5 días de 8 horas añorando solo 2 de 24 horas de goce excesivo es algo que realmente hubiéramos elegido o estamos dispuestos a cambiar, si nos animáramos (si me animara).

Al respecto de la dependencia, del círculo vicioso, de la dinámica adictiva de trabajar un montón para pagar las cuentas que generamos disfrutando un ratito; y enredarnos cada vez en esa espiral infinita.

Al respecto de cuánto queremos, realmente, esa (esta) forma de vida que demanda estar enraizado en un lugar del mundo, teniendo este otros tantos y tan increíbles para visitar conocer, vivir, dormir, pasear, reír, jugar; paradoja aun mayor, teniendo en cuenta que al menos lo que yo hago y al menos en parte, podría hacerlo desde cualquier parte del mundo.

Al respecto de las cosas que me toca perderme por no estar.

Pero sobre todo al respecto de las que sí, de las que estoy, de las que estamos. Al respecto de su magnificencia y lo dichosos que, por ello, somos.