MaMilManeras por BabyDove

El mismo uniforme. Las mismas personas. El mismo camino. El mismo lugar de destino. Esto ya lo viví hace un año atrás. Y hoy se repite.

 A pesar de tantas coincidencias, volver al trabajo después de terminada la licencia maternal no es lo mismo. Hoy me levanté con el corazón más sereno. Sin angustia por dejar a mis bebés por un rato.

 La experiencia positiva de vivirlo antes con Alma es una caricia para mi ser. Sin dudas, comenzar a reencontrarse con los espacios que tenía -por ejemplo, trabajar, volver a hacer ejercicio- o generar nuevos, en mi caso, participar de una “ronda de mujeres”, en otra nota les contaré de qué va, es una bocanada de aire fresco para mí, pero también para ellas.

 Reafirmo lo primordial que es que puedan compartir con otros individuos. Que puedan generar vínculos sólidos con otras figuras de apego más allá de nosotros -Lolo y yo-.

 Hoy me subí al auto viendo cómo se iban con mi mamá. Alma me saludó a través del vidrio. Azul todavía estaba en manos de su abuela paterna esperando a que la coloquen en su sillita. Yo me fui por un lado de la calle y ellas fueron para el otro.

 Pisé el acelerador y me dispuse a redescubrir el paisaje. Me dejé llevar por las líneas de la rambla, pocos autos me acompañaban, el sol de la mañana entibiaba mi rostro. A diferencia de la primera vez, la ansiedad nunca apareció. Marqué 10:50 en el hotel. Me sentí feliz de volver. Pero si tuviera que definir en una palabra a este día tan especial, sería agradecimiento.

 Agradecimiento a los familiares que cooperan con ganas y con mucho amor. Uno de los grandes tesoros que tenemos como padres es tener la tranquilidad de que ellas van a estar bien en nuestra ausencia. Abuelos, tíos y primos acompañan su crecimiento con el corazón abierto.

 Agradecimiento a poder salir a trabajar, como mujer y como aprendiz incansable.

 Agradecimiento a ellas, a Alma y Azul que me lo permiten y que comprenden ya desde tan pequeñas estas ausencias.

 Era hora de volver a verlas. Al llegar a casa de mamá, me bajé del auto. El corazón me latía más fuerte mientras me imaginaba sus caritas sonrientes.

 Cuando abrí la puerta -después de casi cinco horas sin vernos-, Alma me recibió con una sonrisa, tal como lo imaginaba, hermosa y pizpireta. Estaba jugando en el living con su abuela, bailaba y hacía macacadas, como acostumbra. Azul dormía hacía ya tres horas en el cochecito, en uno de los cuartos junto a su bisabuela que tejía un buzo blanco para Alma.

 Al entrar a la habitación, le di un beso a mi abuela y la pequeña comenzó a moverse mientras nos saludábamos. ¿Será que estaba esperándome para despertarse?

 Abrió sus ojos y la agarré, la llené de besos, y le di teta, sin pensarlo, por instinto, conectándome y alimentándonos, ella de mi leche, y yo de este déjà vu que me nutre del amor más fiel.