MaMilManeras por BabyDove

El baile soñado

Son las tres de la tarde. A Alma se le caen los párpados de sueño. A Azul también.

Estamos las tres en casa. El sol de la tarde otoñal atraviesa la ventana y la calidez de su reflejo nos envuelve.

 Apreto el botón de play en mi celular. La banda uruguaya El Kinto suena y suena por todos los rincones del hogar. Alzo a Alma y me pongo a bailar con ella. La apoyo sobre mi cadera y danzamos al compás de la voz de Eduardo Mateo y del candombe beat que lo acompaña.

 El tamborileo nos lleva a movernos sin parar. Azul participa activamente entre risas, en su practicuna. A través de las miradas y payasadas la hacemos parte de este baile de media tarde. Ella nos responde con unos ‘ajó’ y unas sonrisas bien a su estilo ‘chini chini’ como dice su papá -ya que achina sus ojos al sonreír-.

 Ahora pasamos a escuchar canciones más tranquilas de Mateo. Entre risas y morisquetas, Alma deja de mover su tronco y su cabeza y se apoya sobre uno de mis hombros. Ahora, pecho con pecho, seguimos bailando pero con pasos más lentos.

 Azul sigue ahí atenta, cautivada por nuestra danza que comienza a bajar su intensidad.

 Cambiamos de música. Ahora escuchamos a la banda inglesa de indie rock, Alt J. Ponemos los temas más tranquilos y nos trasladamos al espacio sideral. La energía va transformándose.

 Cierro las cortinas de la ventana. La luz del sol penetra con menos fuerza. Bajo el volumen de la música de forma progresiva. Sigo bailando pero con movimientos suaves y delicados.

 Le acaricio la cabeza a Alma. Siento la pesadez de su cuerpo dejándose llevar por la música, por mis movimientos, pero más que nada por su sueño.

 Azul continúa atenta. Mirando mis movimientos pausados. Intercambiamos miradas. Ella sabe que esa es la forma de contacto que puedo ofrecerle en ese momento. Y lo acepta.

 Yo no me alejo de ella, ahí bailando lentamente frente a la practicuna. De a poco el silencio se va adueñando del espacio. La música se escucha apenas.

 Compruebo en el espejo del cuarto si está con los ojos cerrados. Su rostro calmo se esconde detrás de su pelo castaño. Se lo muevo para poder verla mejor y observo que ya está super dormida.

 Azul pega un grito desde el living. Como diciéndome “no te olvides de mí, yo también tengo sueño”.

 Me apuro en acostar a Alma. La apoyo en el medio de la cama grande, se acomoda y queda inmóvil inmersa en una respiración profunda.

 Voy por Azul. Pero con ella el dormir es otra historia, por ahora. Le doy teta y a medida que va tomando sus ojos se entrecierran. Se entrega al sueño rápidamente, recostada a mi pecho, envuelta en una manta, con el silencio que ya se apropió del espacio.

 Me sorprendo a mí misma con la capacidad de reinventarme. Nunca pensé que iba a poder hacer dormir a un bebé. Nunca lo había hecho antes de tener este título. Menos a dos. Y, sin embargo, aquí estoy con las dos peques de ojos cerrados. Una en brazos, la otra en la cama grande. El baile ha tenido su resultado, ha sido un baile soñado.