MaMilManeras por BabyDove

La casa de los abuelos

La casa de los abuelos sabe a mimos desmedidos. A pascualina, papas fritas, polentita y sopa. A cremita de avena, peras, pelones y frutillas.

La casa de los abuelos huele a juguetes viejos desempolvados, a cantos heredados, a historias de cuando mis papás eran niños.

La casa de los abuelos es el lugar donde se esconden los adornos más frágiles, pero también más resistentes, las fotos más especiales, las reliquias que, antes de que nosotros naciéramos, eran intocables.

Si tuviera que elegir un lugar en el mundo, elegiría la casa de mis abuelos. El bochinche de los domingos, los juegos con los primos, el silencio a la hora de la siesta -ahora interrumpido por algún grito nuestro- , el aroma a comida, las meriendas deliciosas degustadas por mi paladar novato y hambriento.

Me quedo entre esas paredes que vieron crecer a mis padres y a mis tíos y que, hoy, nos abrazan, nos anidan, nos dan calor. El calor necesario para saber que mis padres no están solos en este camino de aprendizaje.

Cada vez que voy a lo de mis abuelos, ratifico la importancia de que los padres necesitan una red que los sostenga, o más bien, los acompañe, corazón con corazón, sin nada a cambio más que el simple hecho de dar amor -y recibir el triple-.

Los padres elegimos ser padres -de forma consciente o inconsciente- y tener una comunidad que brinde seguridad, respeto por el tipo de crianza que queremos y amor sin pretensiones, es tan importante como ser padres en sí.

Como comunidad, aprendemos a aceptar, tolerar, dialogar, ceder, a ponerse en el lugar del otro, a callar cuando es necesario, a escuchar, a convivir, pero, sobre todo, a valorar. Cuando uno recibe el título de padre puede que, en un principio, no sea consciente de todo lo que le espera.

De que esta nueva forma de amor puede expandirse y vibrar muy muy alto. Estos seres pequeños traen una lista escondida de aprendizajes para los adultos. Nosotros nos entregamos a este vuelo con los ojos cerrados, atrapados por la maravilla de esos ojitos tan pequeños que nos encandilan.

Nosotros padres, ellos abuelos y nietos. Construyendo, fortaleciendo este sistema familiar que se vuelve sagrado. Porque sí, la casa de los abuelos siempre es un buen destino. Siempre somos bienvenidos y nunca nos queremos ir.