MaMilManeras por BabyDove

La fiebre, Azul

Azul, mi hija menor que tiene 7 meses, duerme a mi lado. Es de madrugada, está oscuro. Su piel caliente me despierta. Con los ojos entreabiertos llamo a Lolo que duerme del otro lado de la cama.

“Ló, Azul tiene fiebre”, le digo. No responde. Lo sacudo un poco y le repito. Esta vez sí se despierta. Como por inercia, trae el termómetro. A los minutos suena. Se lo quito de la axila a la pequeña que está aún dormida. Tiene 38,8°. Le damos remedio.

“Vamos a bañarla”. Agua tibia, tirando a fresquita. Ella llora al desvestirla. No quiere bañarse en plena noche, apenas puede abrir los ojos de tan dormida que está. Ahora un poco más espabilada, la llevamos al baño. Su piel erizada y su cuerpo tembloroso me matan. “Si pudiera ser yo la que tiene fiebre”, pienso mientras intento consolarla hablándole lo más dulce posible. Pero ni la frase más amorosa detiene su llanto.

Después del baño, su cuerpo ya no está tan caliente. Solo quiero darle teta y que se le pase la angustia y el malestar.

Y así es. La teta logra calmarla. Y se duerme, ahora con menos temperatura. Recupera la paz con la que dormía. Y nosotros estamos más tranquilos.

A las horas, otra vez aparece. Sin disimular, invade todo su cuerpo. Es de mañana. Viene mamá a ayudarme, Lolo se fue a trabajar. Alma juega, está lo más bien pero Azul solo quiero estar en brazos.

Mamá la agarra y le pone pañitos fríos. Ella apenas llora, se ve que le refresca. Tiene los ojos vidriosos y más achinados que de costumbre. ¡No habrá peor cosa que verla, apoyada en el pecho de mi madre, con esa carucha de decaída!

Llamamos al médico. Infección respiratoria. Nada grave mientras sigamos sacándole mocos y cuidándola de la fiebre.

Así pasaron varios días. Mucho mimo, llanto desconsolado, baños, paños fríos, remedio y besos. De a poco mejoró.

Alma estuvo con un resfrío muy leve días antes de que su hermana se enfermara. Se mejoró enseguida pero fue suficiente para que Azul se contagiara.

Me atrevo a decir que es ley que pase esto. Aunque laves las manos 60 veces al día. Aunque te embadurnes en alcohol en gel, seguro van a tener contacto y el virus aprovecha ese instante, no necesita más.

Tener hermanos implica compartir hasta la fiebre. Es así. Y, nosotros, madres y padres, a medida que agarramos cancha, ya nos vamos preparando.

Pero por más que te prepares, por más que sepas que va a ser inevitable, por más que no sea grave, deseas que pase pronto. Y, cuando estás en el trabajo, solo querés que te digan que no tiene fiebre, que pudo dormir un poco, que está bien. Cuando te mandan una foto de su carita, te derretís; de inmediato mirás el reloj para ver cuánto falta para irte a abrazar al retoño.

Y cuando ves que se mejora, que amanece mejor, más sereno y sonriente, respirás hondo y agradecés porque esa tormenta ya pasó.