MaMilManeras por BabyDove

El lenguaje del amor

Alma está por cumplir medio año. Siempre recordaré el día que nos dieron el alta. Mi papá y mi hermana nos acompañaron hasta el auto. La cobijé entre mis brazos con el reboso blanco que le hizo mi vecina Ángela con tanto amor, mientras una gran felicidad nos abrigaba a Lolo y a mí. Y allí salimos. Ella dormida, nosotros despiertos viviendo con intensidad ese momento.

Llegamos a casa y estaban mis suegros. Nos recibieron con un abrazo apretujado. Nos acompañaron hasta la puerta de casa y retornaron a su cabaña –vivimos al lado-. Cuando entramos, un cartel enorme –que lo mandó a hacer mi mamá- reposaba sobre el verde de la pared del living. “Bienvenida Alma”, así decía. Largué el llanto. No podía parar. En ese momento, me di cuenta que ahí estábamos. Ya no éramos dos, éramos tres. Un ser dependía al 100% de nosotros y no había enfermeras para asistirnos. Con Lolo nos abrazamos varios minutos, mientras ella continuaba durmiendo en mis brazos.

Luego la coloqué en nuestra cama, mientras su papá traía los bolsos del auto. Fueron unos minutos. Nos quedamos solas, por primera vez. Me acosté a su lado y la contemplaba. Ella, tan preciosa, con sus ojos cerrados.

Hace casi seis meses desde aquel día. Aún me sorprendo con cuanta naturalidad nos volvimos padres.

La paternidad despierta una sabiduría inaudita, tanto en mujeres como en hombres. Ser capaces de entender y satisfacer las necesidades de un ser tan pequeño es, sin dudas, uno de los primeros triunfos.

Día a día, Alma nos sorprende con nuevas formas de comunicación. Cada vez más despierta, más pizpireta y más curiosa. Al sonreírle, te responde de la misma forma. Cuando no quiere estar en determinada posición, te mira, se tensa y hace un sonido como berrinche. La movés, la sentás o la levantás y te sonríe como agradeciendo.

Cuando tiene hambre, lo expresa con un gritito especial que ya lo identificamos. Cuando quiere jugar, a veces, hace un sonido muy similar al de un gato pequeño. Es muy graciosa. Y mueve las manos y los pies, como nadando en el aire.

Si tiene sueño, cuando la upamos, se refriega en nuestro hombro o pecho. Y, a veces, antes de dormirse, reniega un poco y, de repente, se queda dormida.

Cuando está con otros niños, los sigue con la mirada. Y, cuando le hablan, se ríe abriendo la boca y sacando la lengua. Queda extasiada de alegría.

En la mañana cuando se despierta y ve que está con nosotros en la cama –sí, porque de mañana hacemos colecho bien juntitos- estira los brazos y nos acaricia los cachetes con mucha suavidad. Y sonríe.

¡Ah! Y cuando tiene hambre, sueño o “mamitis” y está en brazos o en el coche, dobla el labio inferior, se le llenan los ojos de lágrimas y dice “ma-má”. Sí, y yo me derrito.

Estoy segura de que cada papá y mamá podrían escribir sobre las mil formas de cómo se hace entender su bebé. Es increíble todo lo que te dicen con sus movimientos, gestos y miradas. Para nosotros es un lenguaje nuevo que vamos descubriendo y enamorándonos. Es el lenguaje del amor.