MaMilManeras por BabyDove

Licencia maternal extendida

Hace casi tres años hice un pacto con el diablo. Cambié estar cerca de mi familia y amigos por ser mamá full time. Me refiero a poner en pausa mi carrera profesional, salir de casa por X cantidad de horas a trabajar, para estar veinticuatro horas al día, siete días a las semana (no existen feriados ni vacaciones ni licencia por enfermedad ni ajuste salarial ni aguinaldo), con mí hijo. En ese pacto dejé mi querido Uruguay y llegué a Estados Unidos.
La verdad es que yo no quería irme. De hecho hacía menos de dos años que había regresado, después de casi cuatro años trabajando en una agencia de publicidad en Quito. Durante largas e infinitas noches había masticado sola y en silencio la idea de la vuelta. Estaba dispuesta a resignar mi estabilidad económica y saltar al vacío. Soñaba con formar una familia y criar a mis hijos cerca de mis afectos. Por eso, cuando me surgió la oportunidad de trabajar en Notable Publicidad, abracé fuerte la propuesta y sin pensarlo dos veces, estaba renunciando, haciendo valijas, cerrando cuentas de banco, cancelando el cable y despidiéndome de las lindas personas que había conocido.
Pero para ese entonces no estaba sola, me había reencontrado con Damon después de muchísimos años sin vernos. Poco quedaba de aquella estudiante de intercambio en Estados Unidos y aquel chico que la había seguido a Uruguay tras enamorarse en un pueblo perdido de Michigan en 1997.
Todo comenzó con un mail de él. Seguramente producto de un día de aburrimiento. Imagino que el mismo aburrimiento que me llevó a responderle y que terminó con la celebración de su cumple en tierras andinas. En ese momento, prácticamente nadie se entero. Pensé que su visita iba a quedar en una anécdota. Con viento a favor, una buena historia para compartir entre amigas. Jamás imagine que íbamos a formar juntos una familia. Pero cuando quise acordar ese reencuentro se había transformado en mucho más. De forma natural, casi orgánica, estábamos en idas y vueltas entre Quito y Austin (lugar donde él vivía hacía diez años),planeando juntos el regreso a Montevideo. Porque yo seguía con la idea de formar una familia cerca de mis seres queridos.
Decidimos hacer una parada en Ecuador, antes de llegar a nuestro destino final. Damon sin titubear, dejó su adorado Austin, según él, la mejor ciudad del mundo, para irse a vivir conmigo a Quito. Ciudad muy pintoresca, pero no la definiría como la mejor del mundo. Yo no daba crédito de lo que él estaba haciendo, miraba a mi alrededor y pensaba, este tipo está loco o muy enamorado. Probablemente una mezcla de las dos.
La cuestión es que al poco tiempo que aterrizó, me surgió la propuesta laboral en Uruguay y al mes estábamos desembarcando en Montevideo. Yo estaba feliz de estar de nuevo en casa, cerca de mi familia y amigos, trabajando en lo mío y viviendo todo eso junto a Damon. Mientras que nos adaptábamos a nuestra nueva vida, comenzamos a buscar el anhelado embarazo. Queríamos plasmar lo que tanto soñábamos y habíamos planeado. Afortunadamente no tardó tanto en llegar. Todavía recuerdo la primera ecografía, tenía 6 semanas, medía dos milímetros y su corazón latía como el galopar de un caballo. Esa emoción y felicidad me acompaño por 38 semanas y se multiplicó exponencialmente, la madrugada del 23 de febrero de 2015, cuando nació Augie (Augustine). Al mes nos estábamos casando en un pueblito perdido de Rocha, llamado Cebollatí, rodeados de nuestro círculo más íntimo, celebrando el comienzo de nuestra familia.
Con la llegada de Augie también llegaron los temores. Damon sintió una responsabilidad muy fuerte y el trabajo freelance a distancia no le brindaba estabilidad emocional en esta nueva etapa. Le afloró el instinto primario y cavernícola del hombre proveedor del hogar. Sentía que él debía salir a la caza en busca de comida. Si bien a mí no me preocupaba quién traía el pan a la mesa, entendí su necesidad y preocupación de buscar un trabajo fijo. Obviamente, que preferentemente con base en Uruguay, pero existía la posibilidad de que le surgiera algo en Estados Unidos. Yo no quería ni pensarlo. Mejor dicho, no podía. No me daba el cuerpo ni el alma. Recién había parido. En tal caso, mi única condición era que fuese un lugar de fácil acceso y en lo posible atractivo, para que mi familia y amigas pudieran ir a visitarnos. Dentro de lo lejos que iba a estar, quería estar lo más cerca posible. No es lo mismo un viaje a Maine, Portland, que casi nadie tiene idea dónde queda ni qué hay para hacer, que por ejemplo a Miami y/o Orlando. Destinos frecuentemente publicitados por las agencias de viajes y aerolíneas, por sus playas, shoppings y parques de diversiones. Así fue como la búsqueda se acotó al estado de Florida y aterrizamos en la ciudad de Tampa, tras una muy buena oferta de trabajo que recibió. Ciudad que queda a una hora de Disney y está rodeada de las mejores playas de Estados Unidos (Siesta Beach, St. Pete Beach y Clearwater Beach, son algunas de las playas que encabezan la lista).
Su nuevo trabajo me permitía extender mi licencia maternal, abocarme al cien por ciento a Augie, al menos en su primer año de vida. Algo, que dentro del terrible bajón que me provocaba irnos, me resultaba atractivo. Por años había soñado con ser mamá y, ahora, tenía la posibilidad de hacer una pausa en mi carrera para dedicarme exclusivamente a mi hijo. Acompañarlo a dar sus primeros pasos, verlo descubrir el mundo y descubrirme a mí en este nuevo rol de madre. Etapa que según los expertos es determinante para la formación del niño, así que estar bien cerquita de él sería un privilegio. Privilegio que jamás hubiese tenido en Uruguay. Como me dice mi madre: ¨Todo en la vida no se puede tener, Maquita¨.
Él ya me había seguido a Montevideo cuando éramos chicos, casi quince años después a Quito y otra vez más a Montevideo. Esta vez me tocaba a mí acompañarlo y apoyarlo, en un proyecto profesional (y también familiar) que a él le hacía mucha ilusión.
De esta manera, llegamos a Tampa. Un lugar neutro que con el tiempo lo transformaríamos en nuestro hogar. Dos años y medio después, el 16 de octubre de 2017, llegó Toby a casa para completar la familia y llenarnos de felicidad.
Todavía no rompí el pacto con el diablo, sigo con “licencia maternal”.