MaMilManeras por BabyDove

León nació a las 8:00 de la mañana de un jueves 12 de octubre. Fue un parto natural, sin anestesia espectacular, el mejor de los tres. Fue tan orgánico y perfecto que lo sentí como la culminación de un proceso de aprendizaje que empezó con el trabajo de parto de Salva, tres años atrás. Con este sentí que aprendí a parir (jajaja). 8:01 Marcelo mandó un mensaje a la familia de que todo estaba bien. Mientras, los médicos hacían lo suyo. A mi derecha la neonatóloga lo miraba, agarraba, palpaba de un lado y del otro hasta que lo vio. Y yo la vi cuando lo vio. León había nacido con una malformación. Una parte vital de su cuerpito perfecto diminuto y divino no se había terminado de formar. Las caras de todos los que teníamos alrededor cambiaron. Se hizo un silencio de miedo.

Piñazo en la cara. No se había diagnosticado, y sin anestesia ni preparación, entramos en la maldita estadística. Lo llevaron de urgencia a la unidad neonatal y a nosotros a la habitación. Bajamos las persianas, y entre la incertidumbre, el cansancio y el dolor no se nos ocurrió otra cosa que dormir.

Hoy, con cierta perspectiva pienso que es duro, pero que tuvimos suerte. Cuando se trata de un tema congénito, al azar, las posibilidades y combinaciones son infinitas, y ésta tiene solución, es reversible. Exige un camino complejo, un tratamiento quirúrgico de tres operaciones antes del año pero acá hay médicos expertos que lo hacen y solo por eso nos ganamos la lotería. Estos golpes inesperados te enseñan de frente y mano, ente otras cosas, a relativizar todo.

Ahora ya estamos en casa. Volvimos después de 20 días en el sanatorio, donde lo operaron por segunda vez. Duró seis horas la intervención y gracias a Dios y a un equipo médico de primer nivel todo salió bien. León demostró una paz y una fortaleza psíquica, espiritual y física que abruma. Se la bancó con una serenidad, una madurez y una inconsciencia tan sabias que conmovió y contagió a todos, incluso a los médicos y enfermeras. Y a mí me explotó el corazón y el alma de orgullo y gratitud

Estos 20 días de “luna de miel” con León, (por ser el tercero esto de estar solos él y yo no es lo más habitual) nos obligó a organizarnos en tribu con toda la familia. Hubo que dividir tareas y cubrir distintos frentes para que los tres chiquitos lo transitaran de la mejor manera, lo más contenidos posible, cada uno con sus necesidades. Y fue una experiencia enriquecedora que podemos decir salió bien.

Ya pasamos dos tercios, dos grandes batallas y un sinfín de pequeñas victorias cotidianas. Falta un trecho importante aún, pero ahí estamos, más cerca, aprendiendo, unidos, con fuerza, fe y confianza en León. Con la motivación de que falta menos. Soñamos con ver todo esto como un recuerdo, como una anécdota lejana en el tiempo. Con festejar el día en el que todo sea “normal”.

La “normalidad,” ¡qué linda meta cuando las cosas se salen del lugar! Algo tan bastardeado en la cotidiana, en momentos como estos es lo más queridoy deseado. Ese es uno de los aprendizajes de todo esto. Celebrar la cotidiana, en su mismísima normalidad y sencillez como lo mejor que nos puede estar pasando. Eso se llama ser agradecidos.

Del tiempo que nos pasamos internados la habitación se convirtió en una a suerte de mono-ambiente y el sanatorio en nuestra casa provisoria. Ana, Flor, Lourdes, Vivi, Juliana, las enfermeras en nuestras amigas y compañeras de viaje. Gabriel y Ema, los cirujanos, en nuestros guías, y Mercedes y todos los pediatras en las visitas más esperadas. Escuchamos música y bailamos. Con pizza y brownies de la cafetería los viernes hicimos cenas de gala con mis queridas amigas y con más de una que hacía tiempo no veía nos reencontramnos con unos buenos mates entre tetas, memas y cambiadas. Las visitas de Salva e Indro con Marcelo fueron las mejores sorpresas y el apoyo y compañía incondicional de toda la familia el gran sostén.

Una tarde mientras lo bañábamos Flor me preguntó si le pusimos León antes o después de saber lo que le había pasado. Fue antes. La vida tiene esas cosas. Yo soy una convencida de que los nombres “caen”. A León le tocó en poco tiempo vivir lo que a ninguno de nosotros jamás. Y nos está dando una lección. Es un crá. Yo lo admiro. Todos lo admiramos. Sin duda honra su nombre.