MaMilManeras por BabyDove

Mamá, no te quiero

“¡Papaaaaaaaaá! ¡Con papá!”. Esto lo he escuchado una y otra vez. Es Alma buscando los brazos de su padre y, por ende, rechazando los de su madre.

Y a mí me duele. Mucho. Lo admito. ¿En qué momento dejó de necesitarme? (¿dejó de necesitarme o es mi ego herido que genera esa falacia?) ¿En qué momento pasé a segundo plano en su vida? ¿Me querrá? ¿Estaré haciendo las cosas mal? ¿Le daré el amor suficiente? ¿Estaré siendo buena madre?

Alma desde la panza gestó una gran y fuerte afinidad con su papá, Lolo. Él, sin dudas, con su forma de ser, tan cariñoso, dulce, creativo, divertido, paciente y atento, conquista a Alma, a Azul y a mí todos los días.

Desde que nació Azul, hace siete meses, la hermana mayor tuvo que pasar más tiempo con él. Los primeros días después de su nacimiento, Lolo se encargó por completo de ella. Yo, en los ratos que no estaba dando teta a la más pequeña, jugaba y trataba de estar presente pero eran muy pocos.

Hoy no es lo mismo, de a poco vamos recuperando los espacios de juego, mimos, aprendizaje…pero es un proceso.

Azul es para ella su mejor compañera. Alma puede estar agotada o de mal humor pero cuando ve a su hermana le regala una sonrisa. La mayoría del tiempo es delicada; la abraza y la besa de forma constante. Nunca expresó celos con ella. Al revés, desde un principio la integró en todo lo que hacíamos; por ejemplo, cuando la abrazamos con Lolo, siempre la llama a “Atulina” -Azul linda- para que forme parte del abrazo.

Sin embargo, la forma de expresarse ante la nueva estructura familiar es rechazando mis abrazos o mi presencia. Cuando Azul era recién nacida y estaba jugando con sus tatas o sus tíos, al verme empezaba a decir “no, no” como para que no la alzara.

Al principio me sentí muy mal. Dudaba de mí, ¿qué pasa conmigo? Pero, a su vez, pude entenderla. Esa mamá que estuvo para ella siempre, ahora tiene que estar para dos seres, entonces, en los momentos que puedo, la rechazo.

¿Cuántas veces le dije “Alma, espera que mamá le dé teta a Azul y ya juego” o “hago dormir a Azul y después estoy contigo”? Muchas veces. De forma inevitable, ella quedaba en segundo plano. Sin intención, ella tenía que esperar su turno.

Entender que el rechazo hacia mí es por ese reacomodo familiar fue rápido. Me cayó la ficha al toque. Enseguida me di cuenta de todas esas veces que ella tuvo que esperar. Esos segundos significaron para ella, quizás, eternos minutos.

Comprenderla y acompañarla en ese proceso de readaptación. En eso estoy. A veces más tranquila, otras veces más sensible, más llorona.

Intento interiorizarlo. Saber que ese rechazo no será para siempre. Que cada sonrisa, risa, abrazo o beso que me regala es lo más sagrado del Universo. Y que cada vez son más seguidos.

Pero sobre todo, intento respetar sus tiempos, no sentirme herida cuando prefiere estar en los brazos del padre. Al revés, valorar y agradecer por el compañero que tengo a mi lado, un padre presente que se desvive por su familia.

Intento darle todo mi amor, decirle con acciones que mamá está aquí para ella y para su hermana. Azul se va adaptando a los juegos, a los momentos de risa, música, alegría y eso tiene su efecto. El cariño reflota, la armonía conquista al hogar.

Y yo me siento más presente. Más yo. Más payasa. Al verlas a las dos sonreír o reírse de mis cantos improvisados, mis bailes robotizados, mis locuras. Esas que siempre tuve pero que, para poder anidar ante la llegada de Azul, tuve que dejarlas reposando. Pero que, ahora volvieron, recargadas de energía.