MaMilManeras por BabyDove

De chico una de las cosas que más me gustaba de la Navidad eran los fuegos artificiales. Enormes y brillantes, mirándolos con la cabeza girada casi en 180 grados, me dejaban año a año boquiabierto.

De grande, la parte luminosa me siguió gustando, pero desde que Tila está con nosotros, los detesto por el susto que le generan. Es obvio, o sea: son bombas. Esos ruidos estridentes asustan, sorprenden; claro que si sabés o entendés lo que pasa podés “disfrutarlo”. Pero si sos una perra que sintió mucho miedo los primeros meses de su vida y además tenés un oído súper agudo producto del proceso evolutivo, seguramente sientas un terror inexplicable, que no te paraliza 100% porque temblás, pero que te tiene metida en el fondo de la ducha del baño del fondo, tapándote las orejas con las patas/manos con el corazón a mil por hora.

Fue por eso que, hará un mes y algo, decidimos que esta Navidad la íbamos a pasar en algún lugar sin fuegos artificiales. Dada la hermosa cultura pirómana de los uruguayos (sí, estoy siendo 100% irónico) ese lugar iba a tener que ser alejado de la ciudad.

En buena medida la decisión también fue tomada porque a las 12, que es cuando se dan los regalos y ocurre la demencia sonora y la gente se abraza y qué se yo, Luisa está durmiendo, entonces no sentimos que se vaya a “perder” nada; y además, después de casi 10 navidades bancándose esa tortura, esta vez le toca a Tila y así fue que tomamos esa decisión pensando en ella.

Una vez que la decisión estuvo tomada, hace como dos meses, Tila empezó a caminar raro. Empezó a renguear de la pata derecha, le costaba pararse, le costaba agacharse para hacer pis, se quejaba de dolores. Pensamos que habría sido un golpe porque, obviamente (por cuestiones de supervivencia) uno nunca piensa lo peor al principio.

La cosa fue empeorando, al punto que la pata le llegaba a quedar dura, como muerta, tiesa, y ella te miraba con carita de no entender qué le estaba pasando. Le hicimos unas placas y se confirmó lo peor: tiene un aplastamiento de médula, producto de que su columna se va deformando con el paso de los años. Esto, además de causarle un gran dolor, le paralizó el tren trasero. Y la sumió en una profunda depresión.

Consultamos a todo el mundo y seguimos haciéndolo, y estamos haciéndole un montón de tratamientos, desde muy tradicionales y espantosos (corticoides) hasta algo alternativos y esperanzadores (acupuntura, homeopatía, aceite de cannabis). De a poco vamos encontrando veterinarios de diferentes tipos que van confluyendo sus ideas y podemos darle un tratamiento que la ayude a no pasar dolor, pero también a ver si es recuperable algo de su parálisis.

Quizás lo más doloroso, y a la vez tierno, de todo esto sea ver la reacción de Luisa con el estado de Tila. Ella menciona su nombre más que nunca, con tono tierno y en seguida menciona la palabra “nana”. Se le acerca, se sienta a su lado, la abraza, la besa, le lleva sus juguetes favoritos (un pequeño carrito de supermercado en colores fluo es su juguete preferido en este momento).

Es triste porque Luisa y Tila estaban empezando a interactuar, a tenerse la una a la otra como niña y perra, algo que nos ilusionaba mucho. Pero bueno, toca lo que toca, y este fin de año, esta Navidad, ha tocado esto.

Con más razón y más convencidos que nunca, entonces, cargaremos a Tila al auto improvisando una camilla de alguna forma, la ubicaremos al lado de la sillita de Luisa y partiremos hacia Colonia donde ya no correrá anárquica y aventurera como otras veces, pero donde no tendrá escaleras (imposibles de bajar en su estado) que la aíslen del mundo exterior y sí tendrá espacio, aire limpio, tibio y libre, pasto, amor y la paz que se merece por ser la mejor perra del mundo mundial. Y nos avocaremos a hacerle sentir eso; a regalarle eso, a ella.

Antes de irme y desearles felices fiestas a todos, me gustaría pedirles que piensen un toque antes de tirar fuegos artificiales estas fiestas (y siempre).

No en Tila; no en los que encierran a sus mascotas o les dan tranquilizantes para humanos causando la mayoría de las veces peores resultados; no en las tantas familias que pierden a sus mascotas producto del terror que les genera, tan grande que sienten que deben “huir” de sus hogares, del lugar donde reciben amor, comida y calor.

Que piensen en ustedes mismos y en que cada cosa que hacemos nos define.

Y que al final de cuentas solo hay dos tipos de personas: las que les importan los demás, y las que no.