MaMilManeras por BabyDove

Hola hija.

Esta es otra de esas cartas que te dije que dos por tres te iba a escribir, con momentos del día a día; del hoy.

Hoy, literalmente, que es el primer día que estás “bien”, después de doce en los que pasaste con fiebre, tos y mocos, en diferentes grados de “preocupabilidad” (ya sé que la palabra no existe, pero la expresión la encuentro necesaria).

Nuestra experiencia anterior con fiebre, tos y mocos, allá por principios de julio, en pleno invierno y con un frío cruel, si bien terminó bien, transcurrió bastante feo, con hospital, pinchazos, tubos y CTI incluidos. Con una comunidad adoctrinada para apuntarnos y repetir procesos impersonales.

Yo pensé que ya estaba. Honestamente.

Después de agosto y setiembre, que claramente ya no es el mes que empieza a ponerse el tiempo lindo, yo pensé que ya estaba. Pero octubre nos tenía preparado otra sorpresa con ratos de incertidumbre y temor. No hizo falta más que un beso de un compañerito de jardín (te adoran, no sabés lo que te adoran) que tenía moquitos. Y chau, caíste.

“Qué pavada”, pensarán aquellos que ya tienen varias de estas transcurridas, o aquellos que puedan confiar ciegamente en la cátedra; y seguramente sí, sea una pavada y con el tiempo incluso nosotros mismos pensemos igual. Pero la verdad, me asusté. Nos asustamos.

La diferencia entre aquella y ésta, además de que cada vez que uno se enferma ya de por sí es diferente, creo que estuvo en cómo pudimos capear la situación con tu mamá. Porque sí, nos asustamos, como te decía. Cuando el sábado a la noche, después de dos noches de fiebre y cada vez más mocos y cada vez más tos y cada vez más llantos, escuchábamos que respirabas mal (cortado, agitada) nos asustamos, como la vez anterior.

Pero esta vez no actuamos como la anterior.

Esta vez intentamos dominar ese miedo, y no salimos disparados a llamar emergencias médicas, ni a dar cabida a los opinólogos y alarmistas de turno. Esta vez no permitimos que nos sometieran a preguntas, acusaciones y discusiones acerca de las decisiones que tomamos, convencidos, con el mayor amor del universo, para cuidarte y darte la mejor vida que consideramos podemos darte y merecés tener.

Esta vez nos refugiamos en nosotros mismos. En vos. Decidimos aguantar, acompañarte y tratar de entender qué necesitabas vos en lugar de aplicar un frío protocolo escrito en algún libro y repetido infinitas y automáticas veces. Dormir poco y mal contigo, abrazarte mucho, acompañarte todo el tiempo y escucharte.

Escucharte cómo, si casi no podés hablar, quizás pienses. Escucharte con los ojos, con las manos, con la piel y los brazos; con el alma. Confiar en los mensajes que nos ibas dando, en lo que nos ibas pidiendo, como ibas pudiendo.

Entender que querías eso, que estuviéramos al lado tuyo mientras le ganabas a ese virus y expulsabas las toneladas de mocos que coparon tus pequeñas vías respiratorias, aun temiendo montones en las veces que pasaban largos segundos y no te sentíamos respirar.

Que querías que te abrazáramos y estuviéramos a tu lado, aunque fueran las 3 de la mañana y no hubiéramos dormido más de 20 minutos seguidos, y la perspectiva no fuera mucho mejor, y recién fuera martes, en vez de darte remedios o hacerte pasar calvarios de aspiraciones y qué se yo.

Seguro te va a volver a pasar, y espero que podamos volver a estar a la altura. Y haremos lo que haya que hacer, lógicamente. Esto no pretende ir contra las decisiones que tome nadie, porque TODAS son tomadas desde el amor y TODOS necesitamos cosas diferentes.

Esto solamente, hija, pretende ser un saludo a eso que nos enseñaste: a escucharte. A confiar en vos.

Hoy volviste al jardín, y te fui a buscar; estabas feliz, no te cabía la sonrisa en la cara, te juro. “Cau nenes” dijiste mientras te aupaba y les estirabas tu manito, saludándolos, como queriéndoles decir que los habías extrañado y que te encanta jugar con ellos. Te pegué a mí y te sentí respirar, limpia y feliz. Y caí.

Caí que vos solita lograste mejorarte; que solo necesitabas que te acompañáramos y escucháramos. Que confiáramos en vos.

Quiero agradecerte por habernos enseñado eso; porque es enorme poder confiar en vos. Algún día quizás entiendas lo que siento (sentimos) cuando sé (porque lo sé) que lo que vos necesitás, solamente nos lo podés transmitir vos.

Y lo que sea que necesites, hija (lo que sea), creeme que vamos a hacer lo imposible por que lo tengas.