MaMilManeras por BabyDove

Tiempo de plaza

En la plaza hacemos amigos que, quizás, nunca más vamos a volver a ver.

 En la plaza nos hamacamos una y otra vez. Cerramos los ojos y soñamos que volamos.

 La plaza es un lugar de experimentación. Desafiamos la gravedad en el trepamonos y en el subibaja. Dejamos el surco con nuestras corridas y, seguro, “compramos terreno” (nos caemos).

 De la plaza nos llevamos recuerdos tatuados en la piel (raspones en las rodillas, codos o manos, y machucones en las canillas).

 Siempre es un buen momento para ir a la plaza. Siempre. Por más que nos caigamos de sueño. Si alguien dice ‘plaza’, seguro nos anotamos.

 En la plaza nos reímos, pataleamos, gritamos, cantamos, bailamos y lloramos. Generamos complicidad con abuelos, tíos, primos y con nuestros pares.

 Prestamos juguetes -o no-, saludamos, nos cohibimos, nos sacamos el miedo a la altura y después nadie nos para y nos tiramos una y otra vez en el tobogán.

 Comemos alguna fruta o galletitas y tomamos agua, mucha. Incluso podemos dormir, si es que el cansancio nos gana.

 En la plaza la vida es fácil. Dinámica, divertida, distendida. El aire nos ventila, nos renueva, nos invita a correr, a ser y estar ahí. A no pedir nada más porque este pedazo de tierra es lo que necesitamos para ser felices. No hay distinción de clase social, no hay uno más rico o más pobre -en términos materiales-; más bien, todos nos sentimos ricos, ricos de vida, de oxígeno, de hambre de correr, saltar, trepar. Todos somos iguales.

 Pelota, gorros, pañales, agua. Y allá vamos. Nunca sabemos quiénes van a estar, si habrá muchos o pocos niños, si tendrán juguetes y los compartirán. Siempre es una aventura inaudita. Y eso es lo que más nos invita a ir. Porque ya sé que, estén quienes estén, la vamos a pasar bomba.

 La plaza no tiene porqué ser una plaza convencional. Un predio con pasto y árboles, a mi entender, es una plaza. Porque si mamá le pregunta a papá si trajo la pelota. Y él la larga sobre la grama verde y empiezan a pelotear. Listo. No se habla más. Estamos en la plaza.

 Tiramos una lona aprovechando la sombra de los árboles. El día está perfecto. El cielo celeste, el sol al firme. Algunas nubes. Una leve brisa. Y nosotros. Compartiendo chistes, miradas, acrobacias y risas.

 ¡Qué difícil se hace el momento de irnos! Queremos que las agujas del reloj se detengan y le rogamos al sol que no se vaya, que se quede un ratito más a jugar con nosotros. Ahora, ya es tiempo de volvernos a casa. Pero mañana, quizás, sea, nuevamente, tiempo de plaza.