MaMilManeras por BabyDove

En casa, tener una aspiradora, es fundamental.

Me imagino que debe ser crucial en todas las casas; pero quiero decir que en casa, con la perra, sus pelos y nuestro consentimiento expreso de que Tila puede subirse y dormir y echarse donde se le antoje, el electrodoméstico en cuestión adquiere una relevancia superlativa.

Cuestión que hace unos pocos días tenemos una nueva, porque unos días antes la que teníamos respiró hondo por última vez y dijo “no va más”. Fue una gran soldada, la aspiradora; le dimos como adentro de un gorro, y ha llegado el momento de enterrarla con honores. Pero, como todos sabemos: a aspiradora muerta, aspiradora puesta.

Con la llegada de la nueva aspiradora se fueron los pelos que no logramos erradicar a fuerza de escoba y sacudidas; pero también llegó una reflexión, porque la misma llegó en una hermosa, gigante y SUPER DIVERTIDA caja de cartón.

Esta reflexión quizás sea obvia, y de hecho no es la primera vez que de alguna manera la esbozamos; pero no por esto es menos importante y puntualmente relevante o pertinente, dadas las fechas en las que estamos (Navidad, regalos, locura, consumismo, etc.).

La misma surgió de ver a Luisa jugar HORAS y DÍAS con la caja de la aspiradora incluso llegando a dejar de lado algunos regalos nuevos que recibió producto de viajes que hicieron sus abuelas. Los regalos (“ealos”, en su adorable léxico) le gustaron. Con la caja piró en colores.

Estoy seguro que más de una vez han escuchado o vivido en carne propia esto: les regalás un juguete y terminan jugando con la caja. Y si lo escucharon mil veces, es porque es cierto. La usó de carpa, de cucha, de escondite, de vehículo; la dibujó por fuera y por dentro; le metió y sacó todos sus peluches y muñecos y libros y matracas, una y mil veces. Sigue, de hecho, en su cuarto y es de las primeras cosas que busca cuando se despierta.

Hay, de hecho, hasta juguetes que SON cajas. Cajas pintadas de nave espacial, o de castillo o de lo que sea; pero cajas al fin de cuentas. Pedazos de cartón, más o menos gruesos, doblados de una u otra forma que no tenían como objeto más que contener algo, pero que lo que hacen (y por eso creo tanto en las cajas como juguete) es algo increíble: disparar la fantasía.

Es decir, fomentar la libertad y la imaginación. Ampliar las posibilidades, en lugar de cercenarlas. Porque con una caja no hay reglas; y si no hay reglas: vale todo.

Esto, que puede sonar a un discurso adulto (seguramente porque lo es) es algo en lo que creo firmemente a la hora de habilitar, de habilitarla, de no decirle que no, de ver qué pasa, qué hace, qué le surge. Me maravilla. Obvio, a veces no sale tan “bien” y se complica una alfombra o un sillón o lo que sea. No me encanta, pero como costo a pagar por verla expandir los límites de su imaginación hasta hacerlos desaparecer, es bastante bajo y lo pago con gusto.

Al margen, pero no tanto, a veces me (nos) da la sensación de que tiene mucha cosa, mucho juguete; y no es que me (nos) parezca mal, pero a veces nos hace pensar acerca de si TANTO es necesario. Por supuesto que la idea no es que tenga o pueda acceder solo a lo necesario, y soy el primero en no dudar cuando veo algo que me parece que le va a gustar, que la va a estimular; sobre todo por ver su carita, sus ojitos cuando toma contacto por primera vez con ese “algo”.

Como cuando vio la caja de la aspiradora; que la miró fascinada, nos miró como diciendo que le había encantado, la miró de nuevo, y se lanzó a explorarla.

En breve le van a llover regalos, por lo que decía al principio: Navidad. ¡Ojalá le gusten y se re divierta! Pero lo que más deseo es que esos regalos vengan en tremendas cajas.