MaMilManeras por BabyDove

Una burbuja en la playa

– ¡No nos olvidemos de llevar fruta!

– Y agua, fresca.

– Ya armé la mochila. Las mallas se las ponemos allá.

– Dale.

– ¿Y la pelota?

– Está en el auto.

– ¡Ah, bien!

….

– Bueno, ¿arrancamos?

– Sí, dale. Sino no salimos más.

La temporada de playa empieza. En esta tarde calurosa, en mi primer día libre sin lluvia.

Estacionamos. Alma está feliz, pega un grito, mueve sus piernas, nos sonríe. Ya sabe de qué se trata este lugar. Azul, aunque todavía no conoce el encanto de la playa, mira a su hermana muy atenta, muy tranquila. En el fondo sabe que la va a pasar bomba.

Mochilas, sombrillas, niñas con gorro, chancleteo.

El trayecto del auto hasta la arena parece eterno. Pero, por fin, encontramos un huequito en donde anclarnos.

Mucha gente se está bañando, otros toman sol. El calor nos abraza. Alma extasiada, intenta ayudar a Lolo a clavar una de las dos sombrillas. Juntos lo logran. Azul, apoyada en mi cadera izquierda, contempla el mar que a lo lejos la invita a tocarlo.

Puedo sentir cómo sus oídos están agudizados, su piel algo transpirada, sus ojos encandilados ante tanta maravilla.

Y yo, feliz. Me encuentro en mi hábitat. Me saco la mochila. Y siento a Azul en la sombra. La observo. Muy seria apoya sus manos sobre la arena. De forma pausada, las levanta del suelo y se mira las palmas extrañada por esa textura granulada que la invade. Al principio, por su seño fruncido, parece que no le gusta pero, al ver a su hermana revoloteando, arranca a gatear detrás de ella.

Después de colocarles las mallas, vamos a darnos un chapuzón. Al llegar a la orilla, quedamos con piel de gallina. ¡Está muy fría! A Alma no le importa, su felicidad le da el coraje -y el calor- suficiente para chapotear en el agua que nos petrifica por unos segundos.

Después de una minutos de adaptación logramos meternos Lolo, Azul y yo. El agua que parecía gélida ahora se siente perfectamente fresca. Nos quedamos un ratito y salimos para que no agarren frío las peques. El sol reposa sobre un cielo tan celeste que parece plano y, a su vez, infinito. Ahora, Azul come arena, la saborea y después decide entrar a su piscina. Mientras, Alma juega al lado de ella con su balde y unas palas. Con Lolo jugamos un rato a los pases con la pelota de fútbol y después a “que no caiga”, es decir, dominar la pelota entre los dos. Me siento desaceitada, un poco más dura. ¡Hace meses que no jugaba! De a poco vamos entrando en calor. Las chicas siguen concentradas jugando con la arena, los baldes y las palas. Tomamos agua. Comemos unas pasas y unas manzanas. No sé porqué pero las frutas en la playa siempre saben mejor, más dulces, perfectas. Cada mordisco es la gloria.

El tiempo corre, lo sabemos porque Lolo, en unas horas, entra a trabajar. No obstante, nosotros caminamos. No hay apuro para este disfrute. Nos reímos, nos miramos hacemos castillos de arena, intercambiamos besos y abrazos apretujados con la piel mojada y el alma fresca.

Estamos rodeados de personas desconocidas, conviviendo armoniosamente, compartiendo un pedazo de tierra -y agua- y, sin embargo, parece que los cuatro estuviéramos en una burbuja.