MaMilManeras por BabyDove

Vestir el árbol

El arbolito blanco estaba vacío. Recién sacado de la caja. Estaba apoyado en el piso, en un rincón del living. Sobre el ventanal que da hacia el porche de la casa. Llegué cansada del trabajo pero al verlas se despertó esa energía que solo ellas logran despabilar. Eran las 17:30 de un viernes 21 de diciembre. El arbolito de la casa de su abuela materna -mi mamá- todavía estaba al desnudo esperando que alguien se apiade de él y lo llene de colores.

Borlas doradas, azules y rojas de diferentes tamaños yacían sobre el sofá. Ya no había nada que esperar. ¡Quedan tres días para Navidad!

Alma se desplazaba por toda la casa jugando con los juguetes que un día fueron míos. Con mi tío arrancamos a armarlo. Él me iba pasando las borlas y yo las colocaba en las ramas de aquel árbol inmaculado. Alma se detuvo a mirarnos y empezó a entusiasmarse.

Agarró una pelotita dorada y una moñita roja e intentó colgarlas. “¡Muy bien! ¡Quedan perfectas en esa rama!”, le dije.

Azul estaba en el piso al lado mío. Siguiendo cada movimiento, como dando el OK a cada rama ya vestida.

El árbol dejó de ser un simple objeto para convertirse en el centro de atención de los grandes y de las pequeñas de la casa. Mi abuela, sentada, un poco tejía, un poco miraba los avances. Mi mamá se acercaba cada tanto a darle un mate a mi tío.

Azul logró tirar tres veces el arbolito. Se apoyaba en el sillón, se paraba, estiraba el brazo y alcanzaba las borlas de las ramas de más abajo. Era un segundo que nos distraíamos y ¡plaf! Se caían la mitad de las bolitas brillantes… paciencia y a empezar de nuevo.

Entre mis cantos navideños desafinados, los aplausos de Azul, los bailes improvisados de Alma y las risas, la tarde fue convirtiéndose en nochecita. Las niñas jugaban con las guirnaldas doradas y rojas mientras luchábamos con mi tío para desenredar las luces. “Estoy segura que fui yo, el año pasado apurada por ordenar, que guardé así nomás esas luces”, admitió mi abuela.

De repente, lo logramos. Las apoyamos sobre las ramas ya coloridas. Las enchufamos y todos quedamos unos segundos en silencio. Niños y grandes, por un instante, conectamos con eso especial que tiene la Navidad. El tintineo de las luces nos trasladó – a los adultos – a nuestra niñez, a la expectativa que generaba esa cena de Nochebuena en familia, agradeciendo el existir de cada uno… esa niñez que hoy reencarna en los ojos de Alma y Azul.

El compartir en armonía, el divertirse con lo simple. El encontrarse gracias a una acción tan sencilla como es “armar el arbolito”.

Cada familia con sus costumbres, con sus formas y sus sentires. La nuestra lo vive así, sin estructuras y con mucho corazón. Conectados con lo que realmente importa. Más allá de los regalos, de los deseos, de la comida o del tiempo.

¡Feliz Navidad!